Profecía autocumplida

La impaciencia nunca fue buena. La desesperación, menos.Y ahí empieza todo. Porque el amor es paciente, es servicial... No surge de la cobardía ni de lo molesto. ¿Qué pasa cuando las ganas de querer son tan intensas que sobrepasan tus límites? Cuando tu alma tiene tantas ganas de sentir, que intenta cazar al vuelo todos los sentimientos que encuentra a su alrededor...  Cuando trata con todas sus fuerzas mantenerlos juntos y poder manejarlos. ¿Cómo hacés cuando perdés el horizonte? ¿Qué pasa cuando nadie te enseñó cómo caer, sin salir dolido, de tu propio caballo? ¿Cómo aprender, después de saber que existe la posibilidad de desplomarse; a volver a montarte y tomar las riendas? ¿Y si en la mochila que cargás en el lomo intentaste acomodar, a modo de rompecabezas, toda esa emoción acumulada? Caíste, y la euforia se fue corriendo. Pero la tristeza, que camina lento, y es menos temeraria, prefiere quedarse a tu lado. Pasaste de tener todas las sensaciones al mismo tiempod: de no entender cómo llegaron y por qué, a sentir un vacío inexplicable y una angustia equivalente arrastrarse por un campo de rosales Pero si el amor es tan afable, ¿por qué no es comprensivo? ¿Por qué te lleva por caminos zizagueantes? Caminos que te descubren heridas, te hace abrir el alma para absorber todo lo que viene... Te pone a prueba a cada segundo. Te hace desear amar y ser amado. Quizás no por terceros, quizás sólo por uno mismo.  ¿No será la misma lucha por el amor, lo que nos hace desconfiar de su verdad? La que nos pone en duda con uno mismo, y con el resto. Pero si el amor es sincero, es honesto... ¿En qué momento se volvió complicado?


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