Mancha
Eres un vicio. El peor de todos. El que más me cuesta dejar. El que más me nubla la vista, el que más rápido me viene a la cabeza cuando las cosas se me van de las manos.
Eres de lo más inmoral que hay en mí, y aún así no puedo pensar en apartarte, si no es en una esquina de la habitación para susurrarte al oído todo lo que quiero hacer contigo, allí mismo, ¿porqué esperar? Si cuando hablo contigo pierdo la noción del tiempo, me corrompes hasta tal punto que no pienso qué estoy haciendo.
No me dominas, no te equivoques. Te lo puedo dejar claro en cuanto tome las riendas del bote. Mi pecho aprieta contra el tuyo, inclinas tu barbilla para mirarme, pero absorto, cierras los ojos y te dejas llevar. ¿Lo sientes?
Me coges el dedo índice con la boca, que deslizo por todo tu pecho hasta encontrar donde todo se empieza a hacer más estrecho. Ahí es cuando dejo que me pongas las manos en la espalda y me des la vuelta para tumbarme. ¿Te acuerdas?
Cuando me haces cosquillas en el cuello, luego en el pecho, y más abajo, no sé dónde porque te pierdo de vista. ¿Tú me ves?
Porque eres una perdición. Te sostengo la nuca con las manos, pero ya nada me queda claro. Tocas mis labios húmedos con la punta de la lengua y siento que no estoy.
Eres como una mancha en mi expediente de la cual a ratos estoy orgullosa. No me queda claro porqué: ¿sexo como animales? ¿Y la conversación y el abrazo de después? Sentirme parte de algo en lo que no creo, otro defecto más.
Pero eres un vicio, y cada tanto vuelves, y resistirme... Créeme, no es tan sencillo.
Eres como una mancha en mi expediente de la cual a ratos estoy orgullosa. No me queda claro porqué: ¿sexo como animales? ¿Y la conversación y el abrazo de después? Sentirme parte de algo en lo que no creo, otro defecto más.
Pero eres un vicio, y cada tanto vuelves, y resistirme... Créeme, no es tan sencillo.

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