Los años más perdidos de nuestra vida (I)
Llegué al pueblo acalorada. Por fin, después de dos meses de trabajo bajo el sol candente, podía permitirme un descanso. Ese verano había conseguido un trabajo rentando patinetes eléctricos en una playa de la costa gaditana; que si bien no me había garantizado un gran sueldo, me permitía costear el alquiler de los siguientes meses en la ciudad donde cursaba mi master. La clientela era variopinta: familias con hijos insoportables, familias con hijos entusiastas, padres que eran arrastrados por sus hijos, padres déspotas, gente mayor cuya piel parecía ir a quedarse enganchada a los asientos del patinete, muchachos jóvenes, muchachos jóvenes y guapos… En fin, un trabajo de verano, entretenido, sin más. Además, en las horas de menos afluencia, se me permitía leer, lo que extrañaba e incluso causaba gracia a mis compañeras; pero que a mí me resultaba vía alternativa, fantasía escapatoria… Y por qué negarlo, me daba cierto halo intelectual que resultaba atractivo para cierto target consumidor.
La cuestión; que había llegado al pueblo y el calor seguía siendo aplastante. En el tren había podido acabar las últimas páginas que me quedaban de la novela que había empezado las últimas semanas de trabajo -si mal no recuerdo, una de esas ficciones históricas que en ocasiones pecan de dejar demasiados cabos sueltos-. La humedad pesaba y se deslizaba por mi cuerpo para hacerme chorrear, la ropa me sentaba incómoda y el poco maquillaje que llevaba se había visto desarreglado por la cantidad de veces que froté mi puño contra la cara. Al pasar por la puerta de entrada, agitada, anuncié que me iba directa a la ducha. No tardaron en llegar las exclamaciones desde lejos <Casi me da un infarto. Había olvidado que tenía un juego de llaves de esta casa>, <¡Casi matas a mamá!>.
Tras saludar con propiedad a mi familia y a un par de desconocidos que tomaban vermut con mis padres, me dirigí a mi antigua habitación. Se había convertido en una suerte de espacio híbrido multifuncional, pero que a su vez no servía íntegramente para nada: se acumulaban cajas de libros sin colocar en las estanterías de la biblioteca, mientras que la biblioteca estaba llena de carpesanos y marcos de fotos acomodados, a mi parecer, al tuntún. El escritorio se había visto invadido por material de trabajo de mi padre y en la cama se apilaba ropa doblada y planchada de la colada previa. Logré contenerme ante tal caos y simplemente desocupar la silla del ordenador para soltar un bufido quejumbroso, mientras mi mirada se dirigía hacia las cajas transparentes con libros amontonados. Los lomos me mostraban un panorama de lo más curioso, una especie de álbum de recuerdos bordado por letras.
Entre lo que parecía ser un montón de novelas juveniles -y cursis- y un par de sagas de fantasía encontré una pila miscelánea, con los libros que había ido leyendo por placer a lo largo de la carrera. La saqué y empecé recordarme y definirme a mí misma. No es que una pila de libros hubiese curtido mi personalidad, por supuesto; pero era inevitable que algún que otro relato no hubiese conseguido marcar ni que fuere un pequeño punto de inflexión en mi vida -además, por supuesto, de mostrar una clara evolución de gusto y calidad literaria-. Cuando mi madre se asomó por la puerta para llamarme para comer -y disculparse por el estado del cuarto- lo vi: era uno de esos libros encrucijada, uno de esos escritos que habían dado un vuelco a mi vida. Le recordé con cariño, pero con aún mayor estima a quien me lo había regalado. Hacía un año que no sabía nada de él. No se me llenaron los ojos de lágrimas, pese a que recordé los primeros días de su desaparición con dolor: aquel día revisé con ahínco entre aquel montón de hojas finas para ver si a modo de drama romántico me había dejado alguna nota con un dato de contacto, pero ahí no había nada más que una breve y concisa dedicatoria en la página previa al primer capítulo: <Para mi amiga, ávida lectora. Te quiero mucho, te echaré de menos. No me olvides>. No revelaba nada.
Había decidido dejar estar el asunto hacía tiempo y había logrado pasar página con bastante éxito: me había mudado, los estudios me iban bien -aunque ocupaban tres cuartas partes de mi tiempo- y en lo que concierne a los hombres, ya te he dicho que el trabajo en la playa me brindaba más oportunidades de las que esperaba en un principio. Pero aquel libro… en fin, creo que debería contarte cómo nos conocimos.
Íbamos juntos a la Facultad de Letras, en la capital. Ambos habíamos tomado la acertada decisión de hacer una carrera sin salidas: él hacía Filología Hispánica y yo me dedicaba a los Estudios árabes y hebreos. El primer año no conocí a casi nadie: yo, pese a mi carácter extrovertido, aquel curso estuve más taciturna e introspectiva que de costumbre. Por dramas existenciales, para qué engañarnos. Pero ahí estaba él también, con una mezcla de entusiasmo y miedo atroz de empezar una nueva etapa en su vida, y con una timidez que rozaba el autismo -no me gustaría ofender aquí a los enfermos mentales, ya me entiendes-; pero de la que logró deshacerse un día en que todos los asientos de clase estaban ocupados y no tuvo más remedio que preguntarme si podía sentarse a mi lado. Claro, el primer año compartimos asignaturas, son esos módulos comunes a todas las carreras de letras. A la que nadie faltaba era literatura universal, una materia que te servía si, como yo, aún no habías tenido tiempo en tu corta vida de leer la Ilíada, a Kafka o alguna pincelada de Shakespeare. Y aunque él había leído todo esto, también era de las pocas clases a las que asistía con rigurosidad. Cabe decir que teníamos una profesora excelente, una Doctora en Filología alemana especializada en hacernos la vida algo más entretenida y sencilla durante un par de horas a la semana.
Digamos que se sentó a mí lado. Y yo, que a veces no reconozco el espacio vital del otro; me arriesgué a presentarme y a intercambiar un par de frases con él. Como debes imaginarte, en efecto: no fueron un par de frases cordiales, sino algo más en mi línea… Algo entre sarcástico y fuera de lugar, que le dejó completamente descolocado, pero que hizo que acabase esbozando un cuarto de sonrisa. Me conformé con eso, tenía una sonrisa simpática pero magnética a la vez. En fin, deduzco que fue una especie de acuerdo tácito, pero de ahí en adelante nos sentamos uno al lado del otro, y cuando distinguimos nuestros rostros en otras clases, también lo hicimos. Empezamos a bajar juntos en los descansos, a recostarnos cabeza con cabeza usando los libros a modo de parasol y a comer nuestros tuppers mientras criticábamos al alumnado del turno mañana. Había algo sumamente curioso, y es que no habíamos intercambiado nuestros números de teléfono. Al fin y al cabo, pasábamos la mayor parte del tiempo juntos. La facultad se había convertido en un segundo hogar y en ocasiones pasaba más tiempo allí con él que en mi propia casa. También le daba cierto toque retro, o le daba más emoción al hecho de reencontrar nuestra miradas cada día. Nuestro colegueo evolucionó a amistad, y a mediados de febrero ya habíamos ampliado nuestro grupo de colegas, con quienes determinamos la norma de salir de copas cada jueves después de clase de Lingüística. Nosotros teníamos otra noche más reservada únicamente para estar el uno con el otro. Nos decíamos que era porque, al fin y al cabo, nuestra amistad era distinta… Muy distinta.
Creo que te estoy dando demasiados detalles… Quizá lo más importante sucedió el tercer jueves de marzo: básicamente, habíamos acabado nuestros exámenes -algunos los habían pasado con más éxito que otros- y merecíamos una gran celebración. Sí, sí... esa noche bebí mucho y él también. No era la primera vez que nos emborrachábamos juntos, pero aquella noche surgió algo y se destrozó todo.
Comentarios
Publicar un comentario