Viajes...

 De una semana de diciembre de 2019


(I) Regresar


Huele a café, huele a viaje: estoy en estación de Sants. Es curioso como algunos olores impresos en la memoria remiten a hechos de forma tan clarividente. Hay cola para pagar el billete, pero no me importa: regreso a casa. La gente se da codazos y empujones para encontrar asiento y sitio para dejar su maleta, yo, eventualmente, he logrado encontrar el vagón estratégico para evitar esta batalla.


Reposo la cabeza sobre la ventana. Me da un poco de asco - a saber cuánta gente, con piojos y las manos sin  lavar, ha hecho eso también - pero me olvido rápidamente. Tan rápido como los párpados empiezan a pesarme. Tan fugazmente como las siluetas de los árboles hacen presencia y desaparecen ante mi mirada. Curiosamente, esto último permanece en mi cabeza y actúa como leit motif durante el resto del viaje.


Así, intento buscar alguna banda sonora acorde que acompañe. Aquí se me presentan dos caminos: si la ocasión se presta - y esto quiere decir, que vuelvo a casa de mis padres - cualquier melodía es buena. Cuando el motivo del viaje es regresar a Barcelona, la cosa cambia. Si la música de ida y vuelta es la misma, probablemente es porque suenan Los Beatles.  Suelo dormirme en el trayecto al son de Golden Slumbers. Cuando no, vislumbro como el sol se pone y las nubes esponjosas bailan Into the mystic.


Se sienta un joven un poco maloliente a mi lado. No me importa: estamos en Tarragona y quedan sólo tres paradas. Veinte minutos - a veces veinticinco - que se me hacen eternos. Quiero bajar, quiero respirar la brisa marítima o el simple aroma del ambientador de coche de mi madre. Pero me viene a buscar mi padre, que viene de hacer deporte y hace amague de abrazarme: imposible escaparme. No me importa, ya me empiezo a sentir en casa. Suena de fondo algún podcast o programa de radio con el que quiere ilustrarme: me resulta fascinante como seguimos manteniendo la costumbre del debate musical en el coche desde tiempos inmemoriales. Y probablemente, así siga siendo. Me cuenta que no hay nada en la nevera pero que podemos ir a comprar, mientras sube el volumen más de la cuenta y, ya puede ser Astor Piazzolla como Kendrick Lamar lo que suena, que me irrita algo los oídos. Sin embargo, me resulta imposible negarme a disfrutar del momento.


Cierra el auto y nos despedimos del locutor. No me hace falta nada más.


Lo primero que hago -mejor dicho lo segundo, lo primero es comer algo- es coger a mis perros. Sacarlos a pasear y darlo todo ante desconocidos creyéndome Adele o Amy Winehouse. Vuelvo y el tocadiscos ya está en marcha. Me cuenta mi madre que mi padre ha dejado de fumar, y el dinero que ahorra lo invierte en vinilos y la última adquisición ha sido Faith the George Michael. Anécdota recurrente: mi madre no sabía que Michael era homosexual. Mi padre tampoco que lo era uno de los miembros de Depeche Mode. Y lo dice mientras comenta que ha grabado uno de sus conciertos en vivo por la TV, pese a haberlos visto en directo no hace mucho. Le comento que a mi novio le gusta mucho Depeche Mode. La música se para. Las miradas se vuelven hacia mí: creo que les debo una explicación.



(II) La vuelta


Vuelvo a los inicios, donde no éramos más que tú y yo, angustiadas , los ojos enrojecidos, la mirada fija pero a su vez perdida en algún rincón recóndito de los recuerdos. Hacía mucho que lo hacíamos, tan siquiera hablábamos.


Inhalando y exhalando casi a conciencia, descuelgo la mochila de mi espalda y dejo que estalle contra el suelo. Tú la abres y a mí se me requiebra el sentimiento. Empiezas a sacar cosas: parecen fotos, pero huelen a su ropa, al pueblo en verano, a la brisa del mar cambrilense; suenan a canciones en el coche, a introducciones de películas...


"Para, por favor", te ruego entre sollozos, "me estoy ahogando en lágrimas, ¿no lo ves? ¡que pares joder!". Me desmorono en el suelo y los mechones del flequillo quedan entre mis dedos: tengo ganas de arrancarme de los pelos, de gritar hasta quedarme vacía, de maldecir hasta que me sienta condenada por ello. Pero no lo hago. Abres el bolsillo trasero de esa mochila vieja y desgastada y ahora se oyen gritos, y una repentina ola de furia y tristeza parece atravesarme el pecho. No sé si duele más que lo anterior, pero levanto la cabeza y te miro. Asientes.


"¿Tiene que ser ahora? Estoy segura de que podremos hablarlo, ¡Podemos hablarlo!" Rompo otra vez en llanto, mocos y compasión. Me pones el brazo en el hombro , coges la mochila y la dispones rápidamente sobre tu otro hombro, pues parece que me vas a ayudar a cargarla. Leo en tus labios algo parecido a "yo estaré aquí". Cierro los ojos y tras apagar la luz del reflejo desapareces. Creo que puedo contar conmigo.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Rumbos diferentes

jpg.

Is it normal to want to disappear at times?